Cuando se te olvide.

Te haré saber lo mucho que vales, te recordaré por qué te alejaste de él y haré que te mires en el espejo del perdón.

Cuando se te olvide, despertaré a los mil mares que nos separan. Para que los peces que ayer jugaron con nuestros sueños, se lleven en olas los trozos de papel que aún bailan en aquella orilla. Que aún bailan en aquella playa. Dibujaré un nuevo cielo y un nuevo sol, para que tus días grises, sean menos grises. Te abrazaré, te cogeré de la mano y bailaremos tu canción favorita. Te haré reír y te recordaré lo importante que eres para mí. Lo mucho que necesito que vuelvas a ser tú. Con tu sonrisa, con esas ganas de vivir, con tus virtudes y con tus defectos que te hacen una persona excepcional.

Te recordaré lo bien que se te da pintar y le quitaré el polvo a todas esas metas que dejaste para luego.

Cuando se te olvide, te recordaré que fuiste tú quién decidió alejarse. Que fuiste tú quién decidió descuidar y hacer añicos nuestra historia. Y que soy yo quién hoy, decide no estar a tu lado. Te recordaré por qué a la confianza dejaste de caerle bien y por qué el recelo incauto, convirtió en instante permanente la percepción que hoy tengo de ti. Te recordaré lo mucho que te quise y escribiré en tu piel si así lo necesitas, por qué hoy, ya no te quiero tanto. Correré hasta que mis piernas puedan y mi mente quiera y lanzaré al viento todos esos besos que nunca nos dimos.

Cuando se te olvide, te enseñaré un nuevo mundo. Te invitaré a que mires a través de mis ojos y recuerdes que aunque ya no esté aquí, tienes mil motivos para seguir adelante. Tienes mil motivos por los que levantarte cada día, ir descalzo por la vida y mojarte de vez en cuando bajo la lluvia. No importa que los demás prefieran el paraguas. Tú siempre fuiste más original. Te advertiré de los peligros que hay ahí fuera, pero no haré nada para que no te equivoques. Sé que los errores es el mejor de los maestros y no querer equivocarse, es el billete sin escala a un fracaso que sonríe desde lejos con dientes amarillos.

Y es que cuando se te olvide…mis pies buscarán los tuyos. Te haré el amor sin ni si quiera tocarte y te recordaré cada día, lo mucho que te quiero en mi vida. Lo tan jodidamente feliz que me haces y que a pesar de todo, no te cambiaría por nada ni por nadie. Te recordaré que los demás dejaron de importarme, que en Canarias vivimos en una hora menos y que pasión se escribe con tilde. Te daré los buenos días y te daré las gracias por todos esos momentos que pasamos juntos. Por todas las cosas que me enseñaste y por todas esas tantas que dejaste que descubriera por mi misma. Te bajaré la luna para que le cuentes tus secretos y en un afán por ayudarte, te de la paz que necesitas. Te llevaré a todos esos sitios que siempre quisiste ir y nos tomaremos un café en el bar donde nos conocimos. Te diré que por mucho que lo intentes seguirás sumando en vano tus propósitos insanos. De herirme, de convencerme, de mortificarme.

Cuando se te olvide, te recordaré mi nombre, te recordaré quién soy y quién eres tú para mí. Te haré tu tarta favorita y te llamaré para recordarte que mañana, es tu cumpleaños. Te susurraré al oído lo mucho que me gustas y aunque el destino no se haya puesto de nuestro lado, siempre quedará el recuerdo amargo de lo que pudo haber sido y nunca fue. Aunque quizás fue, que nunca pudo haber sido. Te recordaré que menos es más y que no era tan difícil. Y que si hubieras querido, sería yo con la que te hubieses despertado cada mañana. Que nunca es demasiado pronto para querer a alguien pero si demasiado tarde. Que los problemas se solucionan con ganas y la determinación que le pongas a tus decisiones, hará que tus días sean más o menos extraordinarios. Cuando se te olvide, te recordaré que hay personas que lo están pasando peor que tú y no se quejan. Que eres muy afortunado por tener salud, dos piernas y un trabajo. Te enseñaré a ser más bondadoso, a que te des cuenta que ayudar a los demás es necesario y que no siempre es lo que tú digas.

Cuando se te olvide, yo estaré aquí para recordártelo.

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Te confieso.

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Que aún te pienso. Solo cuando quiero recordar por qué hoy estoy aquí y por qué mis pasos marcaron distancia entre tus besos. Te confieso que amo tu ausencia y el silencio que dejaron los abrazos de aquel enero sin sol.

Te confieso que me equivoqué una y mil veces. Que tropecé en cien ocasiones con la misma piedra hasta deshacerla en arena. Y que mis intentos de conseguirlo sumaron una larga lista de fracasos. Pero a pesar de todo, si pudiese dar marcha atrás, te confieso que volvería a equivocarme. Volvería a tropezarme, volvería a caerme. Porque a medida que las heridas fueron siendo más grandes, más dolorosas, hubo un día en que dejaron de doler. Hubo un día en el que las lágrimas fueron cada vez más dulces y descubrí que las caídas me hacían más fuerte. Que cada vez que volvía a ponerme en pie, en mis piernas se iban dibujando músculos nuevos, más duros, más firmes. Y en un intento torpe de encontrarme, descubrí que mis hombros sujetaban unas pupilas más expertas, más resistentes, menos débiles.

Te confieso que hace más de dos años que no veo el telediario. No soporto el afán de hacernos creer que todo lo que pasa en nuestro mundo es malo. No quiero intoxicarme de esos medios que se empeñan en hacer alarde gratuito, de las desgracias que pasan en otros lugares del mundo. Y que mi conciencia se vuelva inmune a esas bombas que destrozan almas, como si fuesen simples nubes de aire. Te confieso que para mi la derecha es la mano con la que escribo y la izquierda la dirección hacia su casa. Al fin y al cabo no son más que un puñado de ladrones que suman en familias desahuciadas, una larga lista de parados y promesas que se llenan de mentiras. Ellos entre tanto y entre tantos, acarician sus sábanas de seda, se ríen de una España herida y de un pueblo que solo sabe luchar a su manera.

Te confieso que me volví amiga de mis miedos. Le puse candado al viento y dibujé mil te quieros en el espejo . Me sobran los intentos, las ganas de encontrarte y cicatrices en mi piel. Te confieso que la paciencia nunca fue mi fuerte y que por mucho que digan, hay cosas que no pueden esperar. Superé la resistencia al no y desaliñé los iconos de aquellas sombras que se disfrazaban de bondad. Escupí al aire mil suspiros y cuando quise darme cuenta, el mundo aún se me antojaba (y antoja) demasiado cruel, demasiado duro. Demasiado estúpido.

Te confieso que me cansé de esas amigas que jugaban a serlo. A ser leales y sinceras y a vestirse de “bien queda” convenciéndote de que tú también formabas parte de ellas. Formabas parte implícita de esa espiral cuya puerta, estaba más cerca de lo que creí jamás. Aprovechando el paso del tiempo, te confieso, que di tregua a mi culpa y asumí honestamente mis errores. Dando un paso al frente a una dirección más sana, menos equívoca y a personas más auténticas. ¡No era tan difícil joder!

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Te confieso que al principio tuve miedo. Coleccioné una larga lista de sapos, de canciones y de sueños. Desdibujé las letras de aquella poesía y convertí en razón tu indiferencia. Cambié el rencor por la compasión y el echarte de menos por echarte de más. Y aunque el corazón a veces me duela, siempre hay una luz que te recuerda que mientras lata, mientras tus ventrículos estén fuertes para bailar con tus aurículas, todo irá bien. Te confieso que por mucho que lo intenten, nunca me rendiré. Que la curiosidad me convirtió en tigre y que amo la manera en la que me haces el amor.

Te confieso que no estás solo, que no estás sola. Exclusivamente depende de ti, que tengas el coraje y el valor de caminar descalzo, de sentir la lluvia bajo tus pies y de que experimentes por ti mismo que si quieres, el agua moja y no ahoga.

Te confieso que no escribo pensando en ti. Que cada vez que alguien defiende el maltrato animal, o sea cual sea el “arte” torero de cada país, prefiero darme la vuelta y creer que solo es una voz ignorante que no entiende de sentimientos. Te confieso que los mundos de yupis son mejores que este que hemos creado y estamos destruyendo. Que aún hay personas que actúan desde el corazón, que dan los buenos días y que no han perdido la educación. Te confieso que son muchas las personas que me hablan de desamor. Que viven una vida que no quieren. Que tienen una mujer o un marido al que no quieren. Que tienen unos hijos a los que a penas ven. Y que tienen un trabajo que detestan. ¿No es triste? Para mi si. Porque aunque intentemos enmascarar la tristeza de nuestra alma, al final todo sale. Todo termina. Y la vida se nos va en un suspiro. Te confieso que también conozco a muchas personas que quieren a su mujer, que quieren a su marido y que aman la vida que tienen y quieren tener. Simplemente se trata de tomar decisiones. Ya te dije que todo, dependía de ti.

Te confieso que aprendí que de lo importante no se habla. Que de las mejores historias no hay fotos, ni estados en facebook, ni demostraciones forzadas. Aprendí a guardar en secreto la historia de amor más importante de mi vida. Esa que sin tú saberlo, existe. Y existirá por siempre.

Te confieso que aún no me creo que se haya ido y que nunca más volveré a verlo.

Y te confieso que por mucho que intentes darle la vuelta a mis palabras o al sentido de lo que escribo, solo encontrarás el reflejo de un verbo inexplicable.

Te confieso que te quiero. Aunque a veces, me cueste aceptarlo.

 

 

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GRACIAS.

El Rincón de Floricienta.

El Rincón de Floricienta.

Han pasado apenas cinco días desde que publiqué “La mala costumbre” y aún estoy asimilando la gran repercusión que ha tenido. Más de un millón de visitas. Nunca pensé que fuese a suceder algo así y menos cuando llevo escribiendo desde que tengo uso de razón. Empecé a hacerlo en mis diarios, luego en mis libretas, en hojas sueltas y fue en el 2009 cuando nació El Rincón de Floricienta. Nació en otro lugar distinto a este, en otro formato. Y desde hace relativamente poco, está hoy aquí, delante tuya y delante de miles de personas (por lo que veo).

Asusta. Y mucho.

Más después de leer ciertos comentarios hirientes que por más que intento buscarles una explicación, no la consigo. Y no hablo de que te pueda gustar más o menos mi forma de escribir. No hablo de que te pueda gustar más o menos mi forma de pensar, de reflexionar o de ver ciertos aspectos de la vida. Que al fin y al cabo es la mía, no la tuya. Hablo de los insultos y de las barbaridades que he podido leer. Incluso entre ustedes mismos, los lectores. Y digo yo: ¿Por qué he de gustarte? Este blog no se creó para ganar dinero, no vivo de él afortunadamente, ni de mis palabras. Se creó por el impulso de muchas personas que a lo largo de mi vida me animaban a que nunca dejara de escribir. Me confesaban que mis historias, poesías y reflexiones les había tocado el corazón, y les habían hecho reflexionar de manera positiva en muchos aspectos. Fue entonces cuando sentí por primera vez que podía hacer algo grande, algo por lo que sentirme enormemente feliz cada día. Y ese algo era y es, ayudar a los demás.

No vendo manuales de autoayuda ni verdades absolutas. Tampoco predico una doctrina suprema ni de cualquier tipo. No soy psicóloga ni escritora. No pretendo ser nada de lo que no soy hoy por hoy. Una persona normal que escribe lo que siente, que escribe de experiencias o de historias anónimas. Una persona normal que escribe desde el corazón y lo hace aquí. Porque este es mi pequeño rincón que creé para los que como yo, quieren asomarse al mundo sin miedo, sin prejuicios y sin vergüenza. Porque no tengo vergüenza de escribir y decir lo que pienso. Y creo que para eso, hay que ser muy valiente.

Y es que…

Tengo LA BUENA COSTUMBRE DE DAR LAS GRACIAS. Y este post no podía ser escrito de otra forma. Gracias e infinitamente gracias a todos los que han entrado en Floricienta en estos días. Gracias a todos los que me han leído con tanto cariño y respeto. A los que me han defendido. Gracias por tantos, tantísimos comentarios y mensajes que he recibido de mil maneras diferentes. Aún me llegan y empecé contestando uno a uno pero ya me resultó imposible. Intentaré ir haciéndolo poco a poco, con el tiempo y dedicación que cada uno se merece. Gracias a todos los que me apoyan día a día, desde hace mucho tiempo. Ustedes son los mayores “culpables” de esto. Me siento enormemente afortunada por todas las muestras de cariño que estoy recibiendo. Personas anónimas que con un simple gesto han conseguido que tenga ganas de descubrir quiénes son y darles un abrazo.

La vida está llena de personas maravillosas y he tenido la grandísima suerte de dar con muchas de ellas en estos días.

Si antes escribía para mí, sin pensar en gustar ni agradar a nadie, ahora seguiré haciéndolo con más ganas y con más fuerza que nunca. Y más ahora que sé, que mi propósito de llegar al corazón de las personas es posible.Es real. Es alcanzable. Y a los que no les guste les invito a que simplemente, no sigan leyéndome. No estoy aquí para que me juzguen y tampoco he venido a hablar de mi libro.

No pierdan el tiempo en este estúpido blog que escribe una chica que se cree que vive en los mundos de Yupi.

¡Vivan los mundos de Yupi!

Y viva el creer que un mundo mejor, es posible.

 

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La mala costumbre.

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Fotografía: Ibai Acevedo.

La mayoría de nosotros vive pensando que esto será eterno. Que somos inmortales y que las desgracias solo le pasan al de al lado. Vivimos inmersos en una ignorancia que nos hace débiles y solo lamentamos lo ocurrido cuando ya es demasiado tarde.

Y es que…

Tenemos la mala costumbre de dejar para luego, de reír poco y de querer hacerlo mañana. Tenemos la mala costumbre de echar de menos, en lugar de hacerlo de más. La mala costumbre de usar los luegos y no los ahoras. Luego te llamo, luego te escribo, luego te contesto, luego nos vemos. Y obviamente nunca llamó, nunca escribió, nunca contestó y nunca fue visto. Tenemos la mala costumbre de querer tarde. De valorar tarde. De pedir perdón demasiado pronto. Debería haber un número máximo de perdones. Perdonar nos hace grandes, de acuerdo, pero cuando tienes que perdonar todos los días, al final un lo siento se convierte en el comodín de cualquier pretexto injustificado, innecesario e inmerecido. Tenemos la mala costumbre de defender al malo y descuidar al bueno. De contar mentiras tra la rá y de tener que hacer un máster para descubrir verdades. Mantenemos en nuestra vida “amigos” porque sí y llenamos nuestras agendas de compromisos a los que realmente no queremos ir. Tenemos la mala costumbre de sentirnos mal por decir no y de creernos mejores por decir si.

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Tenemos la mala costumbre de esperar a un cáncer, a una mala noticia o a una llamada de que alguien querido se nos fue, para tomar las riendas de nuestra vida y empezar a apreciar cada puesta de sol, cada mañana que te levantas de la cama y cada luna que abrazas en tu almohada. Tenemos la mala costumbre de usar el descuido a diario, olvidando que los pequeños detalles importan, que los pequeños detalles construyen grandes caminos y que cada lunes, puede ser el mejor día de la semana. Tenemos la mala costumbre de quejarnos por todo, de culpar siempre al otro porque claro, tú eres un ser perfecto y nunca, nunca, haces nada. Siempre es la parte contraria. Decimos muy pocos te quieros y hacerlo por primera vez es como “buf que va, no vaya a ser que se asuste”. ¿Asustarse de qué? ¿Cómo una persona puede asustarse porque alguien le quiera?.

Asústate si algún día te vas a la cama sin sentir que quieres a otra persona.

Asústate el día que te vayas a dormir sin decirle a esa persona lo importante que es para ti.

Asústate cuando no le des besos a tu madre y a tu padre.

Asústate cuando seas incapaz de abrazar a alguien y sentir esa sensación tan extraordinaria que producen los abrazos.

Asústate cuando las defensas de tu cuerpo se hayan vuelto inmunes al dolor ajeno.

Y cuando veas una injusticia y no hagas absolutamente nada para remediarlo.

Asústate cuando pases un solo día sin ayudar a alguien.

Asústate de verdad, porque créeme. Estás muerto.

 

Y es que…

Tenemos la mala costumbre de trabajar demasiado, de cargar con una mochila llena de cosas innecesarias y de comer más de lo que nuestro cuerpo necesita. Tenemos la mala costumbre de creernos mejores que los demás, de bailar poco, fumar mucho y respirar a medias. Tenemos la mala costumbre de ir caminando por las calles de nuestra ciudad mirando al suelo, o a nuestro teléfono móvil. ¿Alguna vez te has dado cuenta de lo bonitos que son los edificios de esas calles por las que pasas a diario? Por no hablar de la luz de las estrellas.

5863482_fTuP1igt_c_largeTenemos la mala costumbre de empezar el gimnasio la semana que viene. De cuidarnos cuando ya es demasiado tarde y de tomar vitaminas cuando estamos enfermos. Tenemos la mala costumbre de creer que el pelo de aquella es mejor que el nuestro. Que su suerte es nuestra desdicha y de compararnos como si fuésemos presa de alguien que busca en comparadores de Internet. Tenemos la mala costumbre de medirnos por nuestros estudios o por nuestra altura. De confundir la belleza con la delgadez y de creernos que no somos capaces de conseguirlo, porque alguien una vez así, nos lo hizo creer. Y no fue nadie más que tú mismo.

Tenemos la mala costumbre de apuntarnos a clases de idiomas, cuando ni siquiera dominamos el nuestro. De querer conocer mundo y viajar lo más lejos posible cuando aún, nos quedan lugares maravillosos por descubrir en nuestra propia tierra. Tenemos la mala costumbre de comer animales, de contaminar el mundo y de lavar la ropa en vez de nuestras conciencias. Tenemos la mala costumbre de escuchar poco y hablar demasiado. De dar consejos y juicios de valor sin ser conscientes del poder que pueden llegar a tener nuestras palabras. Dejamos demasiado pronto y tenemos muy poca paciencia. Objetos de usar y tirar, sin importarnos lo más mínimo su destino. Tenemos la mala costumbre de creernos que lo sabemos todo. Cuando realmente, no tenemos idea de nada.

 

Wasapeamos mucho,

dormimos demasiado

y follamos poco.

 

Nos pasamos media vida o vida entera, soñando esa vida perfecta que nos gustaría tener. Cuando somos ajenos a que realmente la vida perfecta es ahora. Es cada momento, cada instante de los segundos que marca el reloj de tus días. Es cada oportunidad, cada sonrisa, cada beso y cada vez que te enamoras. ¡ENAMORÉMONOS TODOS LOS DÍAS DE NUESTRA VIDA! No pongas barreras a tu corazón y deja los prejuicios para aquellos que llevan el cartel de cobarde escrito en tinta permanente. Ni con disolvente se va.

 

Empieza a acostumbrarte a esta vida que a veces es dura. Terriblemente dura. Pero no te lamentes ni te vayas nunca a la cama habiendo hecho daño alguien. Habiendo dejado para luego esos ahoras que nunca llegaron. No habiendo cumplido ese sueño que tanto querías, no habiendo hecho unos kilómetros de más ese día porque tu cuerpo estaba cansado. No permitas que alguien fallezca para luego recordarlo y decirle mirando su foto, cuánto le querías. No dejes que la rutina o la sensación de eternidad descuide lo verdaderamente importante de tu vida.

En definitiva, no dejes que la mala costumbre sea la invitada de honor en los días que te quedan por vivir a partir de hoy.

Quiere ahora, no mañana.

 

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Hasta luego.

1625528_10152200102578363_412910208_nCon un café sin terminar,

cerró para siempre las puertas de su corazón.

Inmortal quedó su sonrisa de marfil,

en aquel recuerdo amargo de febrero.

 

Sus canas invadieron el silencio de aquella habitación.

Cuando aún el eco de su respiración sonaba a vida.

 

Dibujaba trazos de esperanza cada lunes,

siendo el miércoles el final de su lucha.

Atrás dejó una batalla heroica,

pintando la estrella más brillante del firmamento.

 

Las nubes jugaron a sonreír,

y el sol escondió sus rayos en la luna.

El mar sostuvo su último aliento,

en aquella barca de madera rota.

 

Recuerdo las tardes a su lado.

Su piel mayor envuelta entre mis dedos.

Las ganas de vivir que escondían sus pestañas,

y el reloj que nunca pasaba las horas para él.

 

Recuerdo sus fuertes brazos sujetándome hacia el cielo.

Y su más sincera sonrisa cada vez que su nieta salía del colegio.

 

Recuerdo el aire,

el chocolate,

las naranjas

y su buen humor.

 

Recuerdo la abundante sal en sus comidas,

su barriga prominente,

los abrazos a mi abuela

y su gran amor por sus hijos.

 

Devoción por cada nieto

resultando imposible no quererlo.

 

La preocupación en sus ojos

y la mirada ya vacía antes de que se fuera.

 

Recuerdo su alma

que ahora está conmigo.

O al menos eso quiero yo.

 

Como un trocito de océano,

desapareció entre las olas.

Jugando al escondite con las gaviotas

y golpeando en brisa su sonrisa sobre mis mejillas.

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Nunca te enamores de mí.

el rincón de floricientaHazme caso, no lo hagas.

Nunca te enamores de mi sonrisa, de mis labios y de mis ganas de besarte. Nunca te enamores de mis sueños, de mis ambiciones, de mi pelo y de mi tarta de chocolate. Tampoco lo hagas de mis amigos, de mi adorable familia o de mi perro.

Nunca te enamores de mi forma de bailar, de mi piel y mi sabor a miel. Nunca te enamores de mis pésimos chistes, de la forma peculiar de atarme los cordones y de la insensatez de mis preguntas. No lo hagas de mi curiosidad ni de mis manías. Nunca te enamores de mis calcetines, esos que nunca van a juego. O de mi ropa interior. Cada una de un coser distinto.

Nunca te enamores de mis viajes, de mis historias, de mis lunares. No te enamores de mi cara, de mis ojos y mis pestañas sin rímel. Tampoco lo hagas de mi bondad ni mi mala leche. Nunca te enamores de mi forma de bailar, de mis lugares favoritos o del vino que más me gusta. Y ni se te ocurra enamorarte de mi deseo incontrolable por verte y estar a tu lado todos los días.

Nunca te enamores de mi trabajo, de mis canciones y mis libros. Tampoco de mi talla 36 ni mi perfume. Nunca te enamores del blanco, ese es mi color favorito. Ni de mis dedos entrelazando la almohada. Nunca te enamores de mis besos, de mis abrazos y de los secretos que te cuento mientras duermes. Tampoco de la complicidad que tengo contigo, solo contigo, cuando hacemos el amor.

Nunca te enamores de mi. Hazme caso.

Enamórate DE TI.

Enamórate de tu sonrisa, de tus labios y de tus ganas de besarme. Enamórate de tus sueños, de tus ambiciones, de tu pelo y de tu tarta de chocolate. Hazlo de tus amigos, de tu adorable familia o de tu perro.

el rincón de floricientaEnamórate de tu forma de bailar, de tu piel y de tu sabor a miel. Enamórate de tus pésimos chistes, de la forma peculiar de atarte los cordones y de la insensatez de tus preguntas. Hazlo de tu curiosidad y de tus manías. Enamórate de tus calcetines, esos que nunca van a juego. O de tu ropa interior. Cada una de un coser distinto.

Enamórate siempre de tus viajes, de tus historias y tus lunares. Enamórate de tu cara, de tus ojos y tus pestañas sin rímel. Hazlo de tu bondad y tu mala leche. Enamórate siempre de tu forma de bailar, de tus lugares favoritos o del vino que más te guste. Y ni se te ocurra no enamorarte de tu deseo incontrolable por verme y estar a mi lado todos los días.

Enamórate de tu trabajo, de tus canciones y tus libros. Enamórate de tu talla y tu color favorito. Enamórate de tus dedos entrelazando la almohada. Y enamórate de tus besos, de tus abrazos y de los secretos que cuentas mientras duermes. Enamórate de la complicidad que tienes conmigo, solo conmigo, cuando hacemos el amor.

Y ya cuando te hayas enamorado de ti…entonces si quieres, hazlo de mí. Porque el amor no entiende de necesidades ni de medias naranjas. Tú eres una naranja entera, perfectamente completa. En todo caso … búscate una pera que te complemente.

el rincón de floricienta

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No es el Facebook. Son las personas.

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Cada vez se oye más eso de “malditas redes sociales, cuánto daño han hecho”, “me cago en Facebook” o “si no tuvieras Facebook serías más feliz”. Y posiblemente en esta última quien lo dijo, tenía razón.

Pero la realidad es que el caralibro no es un señor con bigote, ojos y patitas. Es solo una herramienta de comunicación que Mark Zuckerberg puso en nuestras vidas cambiándolas para siempre. Vaya si las cambió. Cambió nuestra forma de comunicarnos, nuestra forma de ver el mundo. Nuestra forma de informarnos y compartir información. Implantando un estilo de vida que ni en sus mejores sueños pudo imaginar. Él creo la herramienta y nosotros le hemos ido dando forma y un uso al que hoy, respondemos todos. No Facebook.

Como dice Mercedes en su última campaña “Algo está pasando en Mercedes”. Pues lo mismo pasa con la vida real. Algo está cambiando, algo nos pasa o quizás ahora, con todas las facilidades que tenemos de exponer nuestros pensamientos e intenciones públicamente, es cuando descubrimos realmente de qué estamos hechos. Muchas personas culpan al Facebook de sus rupturas con sus parejas, amigos o familiares. ¿No es absurdo? La relación la rompe uno mismo, no una red social. Y todas esas complicaciones, esos malos entendidos, esas listillas por amigas que intentan hacer daño a través del perfil de tu novio, esos buitres por amigos que lo hacen con tu chica… no son más que eso. Listillas y listillos que a golpe de clic. los puedes hacer desaparecer del mapa. Y no me refiero del mapa del Facebook no, me refiero del mapa de tu vida.

Porque parece que aquí #todovale. Vale tener relación con personas que ni te van ni te vienen. Vale felicitar a todo quisqui por su cumpleaños cuando el resto de los 364 días del año no cruzas palabra alguna con él o con ella. Valen los cumplidos de cualquier tipo, aquí el respeto no existe ¿para qué cariño si esto es el Facebook?. Aquí no puedes quejarte, no puedes sentirte herida ni herido. Ni si quiera puedes decir en voz alta lo que piensas porque luego la que necesita de psiquiatra eres tú. Si eliminas, si bloqueas, si pasas olímpicamente de comentar o si comentas entrando al trapo. Hagas lo que hagas pierdes y está mal. Por eso yo siempre digo que al menos haz lo que tú sientas en cada momento. A la única persona a la que le debes explicaciones es a aquella que te devuelve el espejo cada vez que te miras.

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El Facebook puede ser un “arma” tremendamente peligrosa. ¿A quién no le ha pasado ver a alguien en una discoteca, comprando el pan o por la calle y pensar…”Ostias este es amigo de….o esta es la que estuvo con….? Si, es así de alarmante. Sabemos de la vida de desconocidos. Sabemos o intuimos cosas de su vida privada. Pero ten una cosa clara, la gente sabe de ti LO QUE TÚ QUIERES QUE SEPAN. Se ha creado una necesidad impetuosa de compartir tus momentos del día, tus gustos, tus compras, tus salidas, tus amoríos, tus pensamientos sobre temas políticos, sobre lo que comes, tus viajes y un largo etcétera. Todo eso está muy bien pero siempre y cuando lo hagas de manera sana. Cada uno puede poner lo que le salga de la punta de la nariz. Puede hacerse las fotos que le apetezca, compartir mil frases de autoayuda aunque en realidad, el que más lo necesita es esa persona que lo publica. Al fin y al cabo es tu vida ¿no?. Vívela como quieras y comparte lo que quieras. Eso si. Luego tendrás que rendir cuentas y coser consecuencias. Porque la gente, no es tonta.

También están esas personas que te encuentras por la calle y te dicen “Ey ¿cómo estás? Te sigo por el Facebook…veo que ya estás mejor de la rodilla”. Y es en ese momento cuando caes en la cuenta de que: o tu “amigo” trabaja para la CIA o nunca jamás de los jamases te comenta o te ha escrito acerca de todas esas cosas que dice saber de ti. Es ahí cuando tú eliges si seguir teniendo a #todoloveo #nadatecomento o directamente borrarlo. Y si realmente tiene interés en ti que te lo demuestre. Y que no sea como Paquita la del quinto que todo lo cuchichea.

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Y si, cotillas somos todos y todas. Y quien diga que no, miente. ¿Quién de nosotros no se ha metido en el perfil de alguna ex para ver cómo era y a quién quiso tanto nuestra pareja antes que a nosotros? Y si le podemos sacar mil defectos mejor que mejor. Eso si, como la foto de perfil que te encuentres sea de un pivonazo…la has cagado. Yo no me escondo y mi sinceridad me ha llevado muchas veces al banquillo del acusado. Pero con el tiempo aprendes a que todos esos que te señalan con un dedo, se están señalando a ellos mismos tres dedos (haz la prueba, fliparás). El pulgar se queda señalando al cielo. Así que tú no vengas a juzgarme ni reprocharme que me he podido meter en perfiles PÚBLICOS. Porque si son públicos es porque esa persona quiere que sea público. Estamos lo suficientemente informados como para saber que si uno no quiere que alguien ajeno vea nuestras cosas, es tan sencillo como cambiar la configuración de privacidad. Y si no, haz un cursillo por radio Ecca que tienen de todo. Encima tú que algo te hueles, que tu intuición no te ha fallado jamás (solo cuando compras la lotería) descubres ciertas cosas que a base de aplomo, destapan una realidad cada vez más presente. Mi odiosa amiga la falsedad. Y es que no se tú pero yo no puedo con ella. No puedo con la hipocresía y aquí, en este país hay demasiada. Pero resulta que “la mala” eres tú por meterte en un perfil público. No son esas personas que comentan a “escondidas” y apoyan de cualquier forma a otra persona a la que en tus narices han criticado y vetado. Pero claro, siempre olvido eso de: “no todo el  mundo es como tú”.

Por suerte con una vez me basta. No me encariño con la misma piedra y tú deberías hacer lo mismo. El Facebook no es malo, ni es una cosa que ha venido a joderte la vida. Puede ser y es una herramienta de comunicación muy valiosa e incluso puede hacerte feliz. Te permite estar en contacto con esos amigos que por circunstancias no puedes ver. Te permite ver crecer a tus sobrinos si estás lejos, mantenerte informado o descubrir vídeos increíbles de personas extraordinarias y aunque no te lo creas…el Facebook te enseña. Te enseña de la vida, te enseña de las personas y de lo que está pasando ahí fuera. Solo te enseña de lo que tú quieres aprender. Hay tantas, tantísimas personas en el mundo… que con un clic. puedes hacer desaparecer a esas que te lastiman y te hacen daño. No es tan difícil. Seguro que hoy por hoy, tienes en tu lista de amigos a alguien que no quieres tener. No tienes por qué pasarlo mal. Seguro que el sentimiento es más que mutuo. Sé valiente y si quieres lealtad, empieza por echar a patadas a la hipocresía de tu casa.

6638_320364881398358_1485967352_nPosiblemente dentro de unos años esto ya ni exista. Pero nos guste o no, el Facebook ha marcado un antes y un después en la vida de la mayoría de nosotros. Pero al final te das cuenta de que eres tú mismo quien decide qué compartir, qué comentar, a quién seguir y a quién no. Y eso es solo el reflejo de tu verdadero yo. De la verdadera persona que eres. Si te tiembla el pulso o pones mil excusas para subir una foto con tu pareja, mal vas. Si “en la vida real” como tú lo llamas hay cosas que te ofenderían pero haciéndolas a través de Facebook “no pasa nada”, mal vas. Y si crees que el caralibro es un guiónn cinematográfico y tú te crees Angelina Jolie o Brad Pitt, mal vas. Porque al final, a quién único engañas es a ti mismo. Porque si por cada “me gusta” recibiéramos un euro, todavía. Pero no es así. El verdadero “me gusta”, por el que cada uno debería luchar día a día es por el que se da uno mismo. Me gusta como soy, me gusta lo que hago y me gusta con quién lo hago.

Y si…posiblemente sin Facebook, nos ahorraríamos muchos quebraderos de cabeza y seríamos todos un poco más felices.

 

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