Acerca de Floricienta

Amante de los sueños e irralidades imposibles.

De mujer a mujer.

de mujer a mujerHoy , 8 de marzo, es el Día Internacional de la Mujer. Un día donde más que nunca muchas mujeres saldrán a la calle a reivindicar sus derechos. Un día donde las cuentas de Facebook e Instagram se llenarán de frases célebres, fotografías y un sinfín de comunicaciones para hacernos ver y entender, que las mujeres tenemos los mismos derechos que los hombres.

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Te comparto.

te comparto floricientaCompartirte es la forma más plena que encontraron mis besos en tus labios.

Te comparto cada uno de mis miedos para vencerlos junto a los tuyos. Te comparto cada uno de mis secretos para que a golpe de mirada, atiendas cada una de mis dudas. Te comparto mis miserias. Junto con las tuyas, haremos silencio todo lo que aún nos duele. Te comparto mi experiencia como maestra de tus hojas aún en blanco. Te comparto todo lo que sé y lo que aún me queda por aprender para hacer fuerte el camino que comenzamos a escribir.

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La verdadera razón por la que alguien “te deja”.

te dejoExiste una creencia popular muy arraigada y extendida en las mentes y corazones de muchos de nosotros y nosotras. Esa creencia nos lamenta. Nos fustiga y nos causa más dolores de cabeza que alegría. Nos han hecho creer que si alguien te deja es porque no nos quería lo suficiente. Porque no fuimos lo suficiente o porque algo hicimos mal.

Nada de eso es cierto.

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Si supieras.

si supieras Si supieras lo que te echo de menos, aún seguirías a mi lado.

Si supieras lo que duele serías respuesta y no pregunta. Dejarías un pellizco de beso en la comisura de mi almohada. Quizás así le dolerían menos a mis sábanas no tenerte a mi lado. Si supieras lo que duele dejarías de ser indiferencia para convertirte en hecho. Hecho irrefutable que nunca debió sacudir las pestañas de aquella Primavera rota.

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Sí quiero.

sí quiero– Sí quiero.

Se dijo al espejo al mirarse aquella mañana.

¿Cuánto tiempo hace que no te comprometes? No me refiero a comprometerse con un tercero. Con un trabajo. Con un anillo que a veces al mirarlo hace que nuestro anular pese demasiado. Tampoco me refiero al compromiso que acora una impronta caprichosa. Ni aquel silbido que condena a nuestras emociones. Hablo a comprometerse de verdad. Al compromiso de la felicidad con uno mismo. Porque por muy increíble que te parezca, la felicidad es un compromiso. Un compromiso diario que empieza por creer que la merecemos. Y termina justo en el momento en el que dejamos de creer en nosotros mismos.

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Las palabras que no se lleva el viento.

Hay palabras que duelen. Palabras que prometen y se desvanecen en el tiempo. Palabras que en un susurro sucumben al más ocaso de los cielos y palabras que sin ton ni son, acomodan una melodía perenne en la espalda de tu piel.

Las palabras escriben historias, hacen a las personas y nos tildan de vida. Las palabras nos ponen nombre y apellidan cada uno de nuestros pasos. Nos hacen libres y también esclavos. Nos hacen iguales y diferentes. Nos hacen cualquier forma de sexo. Las palabras hablan de todo y nada y le ponen voz al silencio. Hacen el amor y el odio. Hacen bandera y color de piel. Las palabras son la fuente maga de todo cuanto queramos ser.

Existen palabras que en invierno abrazan nuestras lunas más frías y palabras de otoño que endulzan el café de cada mañana. Palabras impronunciables. Palabras que ahogamos en ese mar donde las olas nos pusieron del revés. Palabras discretas que seducen al abecedario y palabras coquetas aún por descubrir. Palabras que nos recuerdan aquel amor de verano que dibujó más primaveras de la cuenta. Y palabras que salieron de su boca y hoy se repiten en otros labios. En otros besos.

Palabras que atropellan a estos torpes dedos que solo querían jugar con el viento y acabaron abasteciendo un huracán de sed. Palabras que mitigan la soledad inerte de tu marcha y palabras que no vinieron a despedirse al muelle de San Blás.

Palabras que bailan con la chica más guapa de la fiesta y palabras canallas rompecorazones. Palabras que sacuden lágrimas sinceras y palabras que me recuerdan que aún lates en mí. Palabras que traducen te quieros en un millar de idiomas y palabras que linean nubes amables para que duermas en ellas. Yo aún sigo prefiriendo tu pecho.

Posiblemente de todas las palabras que existan, de todas las palabras que leamos, digamos o escribamos, de todas la palabras que recordemos y hayamos olvidado solo unas persisten valientes en primera fila. Dejando como herencia la huella imborrable de aquellos tres minutos que se convirtieron en un letargo de cien años.

las palabras que no se lleva el viento

Las palabras que no se lleva el viento.

Esas palabras laten dentro. Desdibujan sonrisas y estremecen la piel haciéndola eriza de tu recuerdo. Salieron de tu boca formulando una promesa que hoy vive huérfana. Palabras que aún se preguntan dónde estás y por qué las hiciste tan tuyas y tan mías cuando ni siquiera creíste en ellas. Palabras rudas, palabras mayúsculas, palabras que olían a verdad y hoy se pudren en un planeta que nadie ha visitado jamás. Solo tú y yo en aquel noviembre que prometía ser agosto en cada uno de sus soles. Palabras que envuelven cada centímetro de mi alma y encienden la vela de la habitación donde prometiste al cielo que besarías cada uno de mis lunares. Sin irte.

Hoy solo están ellas. Las palabras. Tus palabras.

La sombra de lo que un día hizo verbo tu nombre hoy se desdeña en el último acorde de aquella canción que nadie quiere tocar. Porque avisa de la prisa, avisa de la ausencia y avisa de aquella huída donde nadie dijo adiós.

Las palabras que no se lleva el viento duelen en todos los océanos. Se revelan por el abandono de su magia y se culpan de existir por ya no tener dueño.

Ahoga mis ganas en ellas.

Llévatelas contigo o al menos dime cómo las olvido.

Ahoga mis prisas por querer amarte en ellas y haz textual cada coma y espacio que las conjuga. 

Usa bien tus palabras. Mídelas en cada una de sus formas. Mímalas antes de regalárselas a nadie y acentúa bien el propósito de cada una de ellas. Nunca sabes qué efecto puede tener en quién las escucha. No las llenes de promesas si no las vas a cumplir, ni regales flores para luego mirar plausible cómo se marchitan.

Las palabras sanan.

Pero también rompen almas.

Hay palabras que se las lleva el viento.

Y otras que pesan demasiado como para hacerlo.