Amor se escribe con hache.

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A mí. ¿A mí me vas a hablar de amor? Yo que en un acto de fe perdoné lo imperdonable, me sequé las lágrimas hasta convertirlas en sonrisa y seguí mi camino sin mirar atrás. A mí tú no puedes hablarme de amor, no puedes. Al menos no deberías tener el privilegio de hacerlo. Quizás la vergüenza siempre ha sido una XS en la magnitud de tu conciencia y por eso lo haces.

Deja que sea yo la que te explique qué es el amor. Y si después de leer esto quieres seguir pensando como piensas, de acuerdo. Pero no cuentes conmigo.

El amor es el hoy, no el mañana. Es el ahora, el presente, el instante en que me miras a los ojos (o me tocas el culo). En el amor no hay excusas, ni miramientos. No existen los “luegos” ni los “ya iremos” o “ya haremos”. No valen los pretéritos imperfectos ni la sombra del pasado haciendo eco y mucho ruido en el presente. El amor es quererte, aceptarte. Con tus mil defectos y mil virtudes. Es el equilibrio perfilado entre tú y yo. Entre el espejo y tú. Entre tú y el mundo. El amor son esos cajones vacíos que esperan con ansias llenarse de nuevos recuerdos, de cartas aún por escribir y de fotos de lugares y momentos improvisados. Es la canción del invierno y el abrazo del verano. El amor es el todos los días. Es, el ser mejor persona y hacer todo lo posible sin esfuerzo para que tu pareja sea feliz. No es imposición ni desgana. No es obligación y una hora que determina el aburrido cucú, que siempre marca las seis de la tarde.

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El amor no entiende de mentiras, de matices imperfectos o de prosas inconexas. El amor no llega tarde, no se olvida de los cumpleaños ni de tu cita con el dentista .El amor no son segundas oportunidades. Con una ya tienes bastante.

No es un sábado a destiempo ni un “te prometo que lo haré”. El amor no exige de cambios, los cambios ya vienen dados. No es la espera continuada de una transformación pedida a gritos. No es un juego de sábanas de tres. O de cuatro. El amor no es lo que muchas parejas tienen hoy en día. No es un “lo siento, no volverá a pasar”. No es un “no llores más mi amor, te prometo que te compensaré”. ¡No joder! Eso no es amor.

Porque amor se escribe con hache.

Hache de HECHOS.

El amor es el hecho constante de saber que estás ahí, de que nunca podrías fallarme y si lo haces, yo te perdonaría. Es el hecho constante de mis buenos días y mis buenas noches. Es el respeto, la dedicación y la paciencia. Es el hecho constante del interés. El abrazo sincero y la mirada que nunca me abandona. Es el escudo que me protege de los bichos y bichas (por no llamarlas putas). Es el hecho agradecido de mi dedicación por ti. Es saber darme mi lugar y mi espacio, y de sentirte afortunado por tenerme a tu lado.

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El amor es felicidad, no un nudo constante en la garganta. Es el “no te cambio por ninguna” y el querer contar arrugas a tu lado. Es preocupación a veces pero no puede superar nunca las ganas de reír, reír y reír. El amor es ese beso, ese olor, es eso que tú tienes y nadie más. Es el mejor sexo del mundo. Es el estar por encima de la envidia. O por debajo. Da igual, mientras no estés en ella todo irá bien. Es la distensión amena de tu compañía, el secreto que me confesaste mientras dormías y el brazo que me lleva a urgencias cuando no puedo mantenerme en pie. Es el apunte de mis descuidos, mi mejor amigo y mi mejor compañero de vida. De esta vida al menos. De las otras, ya veremos.

Porque ¿sabes qué te digo? Las poesías para los poetas, las promesas para los mentirosos y los hechos para los que de verdad se quieren.

Soy una princesa.

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7a7b722b703d619b91e362e7b7a3d2d1Y no llevo corona. No la necesito. Tampoco protagonizo ninguna película de Walt Disney, ni vivo en un castillo, ni le canto a los pájaros, ni voy perdiendo zapatos, ni tengo vestidos rosas por doquier. Pero soy una princesa. Soy una princesa desde que supe que quería serlo. Sin adornos ni florituras. Sin adverbios concatenados que enlazan un cuento irreal que con carátula de porcelana, se pone a la venta en El Corte Inglés. Soy una princesa porque tengo alma de princesa. Y es que ser princesa es una actitud. 

Tengo actitud guerrera, valiente y leal. Leal a mis principios y emociones. Siempre me ha dado un poco igual lo que opinen y piensen de mi. Porque aunque creas conocer mis puntos débiles, los fuertes no los conoces. Y esos son los que llevan a las princesas como yo, a seguir adelante. A no tener miedo a nada (solo a la muerte) y a levantarse las veces que haga falta. Las princesas tropezamos con la misma piedra pero cuando el cariño intenta tomar protagonismo, soltamos la piedra y seguimos nuestro camino. No callo lo que pienso, solo guardo silencio cuando es necesario y cuando doy por perdida una batalla que generalmente empieza la otra parte. Que generalmente empiezas tú.

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No tengo que convencerte de que soy una princesa. Porque sé que lo soy. Las princesas también lloran, sufren y se llevan decepciones. Confían en amigas que la envidian y su única culpa es ser jodidamente “perfecta”. Mientras ellas, esas brujas por amigas, intentan arrebatar toda credibilidad que las hace grandes, sanas y amorosas. Porque las princesas como yo, damos y damos. Estamos siempre ahí pero de manera real. Cuando piropeamos es de corazón y la envidia en nuestros ojos y en nuestra alma no existe. Nos aceptamos tal y como somos y aceptamos a los demás sin prejuicios ni cadenas perpetuas.

Las princesas como yo creen en el amor para toda la vida. Más allá de romanticismos absurdos, nosotras amamos con los pies en la tierra y el corazón en la mano. Reinventamos cada día nuestra forma de amar y aunque sea el mismo cuerpo el que sientas cada día, nosotras las princesas, sabemos como hacer de cada encuentro, un encuentro mágico. También nos enfadamos, decimos palabrotas y pegamos dos gritos (o tres) cuando es necesario. Pegamos un manotazo en la mesa y ponemos punto y final a historias. Somos muy sensibles pero a la vez terriblemente fuertes y cuando creemos en algo, vamos con esa idea hasta el final.

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Somos silenciosas aunque a veces hacemos ruido. Somos honestas y amantes de los animales. Trabajadoras y luchadoras. No importa a qué te dediques. Una princesa pone todas sus ganas en cualquier cosa que hace. Nos equivocamos y sabemos pedir perdón a tiempo. No nos valen las excusas, las medias tintas o esos “luegos” que nunca llegan. El teléfono es bidireccional. Tú también puedes llamarme de vez en cuando. O de cuando en vez. Como tú prefieras. Las princesas parecemos tontas y no enterarnos de las cosas. Somos las que siempre alabamos a nuestras amigas en Facebook y luego ellas no te dejan ni un triste piropo. Las princesas también se cansan y tienen un límite. Un límite que si traspasas ya no habrá nada que hacer. Te llames Dulcinea o vengas vestido de príncipe cabalgando un precioso caballo blanco.

Las princesas como yo somos de esas que cuando te preguntan “¿Estás cachonda?” responden: “No. Estoy enamorada”.