
Desgrané en mil pedazos las razones que me hicieron enero
y destapé la caja de los recuerdos amargos en aquella botella de vino.
Sucumbí los mil pretextos que se fueron sin permiso en febrero,
sellando en aquel impávido beso lo que sería nuestro adiós a destiempo.
Dejé volar las mariposas y poco a poco se hicieron marzo en un abril que ya predecía un nuevo comienzo.
Y así fue como te fuiste.
Y así fue como llegó.
Abril.
Sin frenos ni falsa modestia aterrizó en aquella estación sin tren.
Deshilachó de mis entrañas las lágrimas que aún tenían tu nombre
e hizo de mi rota sonrisa una suave brisa de aire fresco.
Me empujó a un nuevo baile, a un nuevo juego sin más normas que un sentir.
Me devolvió la valentía, las ganas de vivir y mis candelillas.
Me ofreció la oportunidad de volver a recordarme quién era y en un despiste
le di color a mi alma.
Le di color a mis ganas de seguir hacia delante.
Abril.
El mes que me recuerda mi nombre y hace que me olvide del tuyo.
Abril.
El mes que mantiene firme mis pasos y le da una palmadita en la espalda a aquellos y a aquellas que quisieron tumbarme. Lo siento, aún sigo en pie.
Abril.
La excusa perfecta para desnudarme de esa piel donde ya no quiero vivir.
Me abandoné en tus promesas, en tus gritos y en tu locura infinita.
Claudiqué a los mil vientos lo que nos dijimos y lo que nos quisimos.
Fenecí hasta quedarme dormida en aquel cielo lleno de esmeraldas.

Y por mucho que lo intentes ya no habrá mes que te salve de esta travesía que hiciste deriva sin ton ni son.
Y por mucho que inventes mi tranquilidad no volverá a mortificarse y seguiré tomando leche de avena con la misma pasividad que la tomaba antes de conocerte.
Y por mucho que te esfuerces, y se esfuercen, aprendí que solo hace daño a quién tú le des ese poder. Y yo decidí no más pañuelos azules, no más verbos rotos y no más de eso que tú tanto sabes y tanto disfrazas bajo el sol que nos vio nacer.
Hoy despierto más fuerte.
Hoy soy más abril que nunca.

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