
De algún modo, el sonido hueco del aire, dejó de oler a ti para siempre.
Todo cambió. En aquel instante donde lo eterno se hizo frágil. Los abrazos dolían y los besos mataban.
Todo cambió cuando supimos que la vida no podía seguir girando a nuestro antojo. Cuando el frío caló hondo el más extenuante de los veranos y cuando la diversión mitigó en dolor todo aquello que habíamos amado.
Todo cambió el día que llegaste en silencio para recordarnos que no somos eternos.
Diste la vuelta al mundo sin subirte a un avión.
Apagaste el corazón de millones de personas dejando huérfanas a familias que sin creerlo, se preguntaban por qué. No pudimos despedirnos de nuestras personas favoritas, ni siquiera darles la mano para que su próximo viaje lo hicieran sin miedo. Y para poder en un último adiós, agradecerles esta vida y decirles que volveríamos a vernos.
Todo cambió cuando nos encerraste en nuestros propios hogares. Como si las paredes mudas que nos observan a diario, asfixiaran nuestras ganas de vivir. Los días se hacían eternos, las horas discurrían despaciosamente, las cifras no paraban de crecer y el miedo se sentaba cada noche a nuestro lado susurrándonos que nosotros, podíamos ser los siguientes.
Se paró el tiempo.
Se paró nuestra vida.
Y la vida de allá fuera, respiró tranquila.
La naturaleza agradeció de alguna forma que nos quedáramos en casa. Las ventanas se convirtieron en nuestro refugio donde cada tarde al compás de nuestros vecinos, los aplausos resonaban en nuestros corazones. El mundo dejó de ser un lugar seguro. Como si alguna vez lo hubiese sido.
Todo cambió cuando nuestras sonrisas se ahogaron tras mascarillas
y cuando nuestra voz se quebró en mil pedazos para siempre.
Todo cambió cuando las calles dejaron de ser nuestras, cuando la música se apagó
y cuando el arte se hizo invisible.
Todo cambió cuando los atardeceres más bonitos del mundo, se quedaron sin espectadores.
Te llevaste a nuestros mayores.
Te llevaste los sueños trabajados de millones de personas.
Pero nos dejaste lo más importante.
El amor. Porque eso no hay bicho que se lo pueda llevar jamás.
La guerra invisible había comenzado y al frente, cientos de miles de heroínas y héroes con capa blanca se jugaban la vida, salvando sin descanso a todo el que podían.
Nos enjaulastes, nos privaste de libertad, nos dejaste sin nada y nos mataste.
Lo hiciste, como nosotros lo hemos hecho con el resto de seres con los que compartimos «este hogar».
Todo cambió el día que llegaste a darnos la lección más importante de nuestra vida.
Y lo más triste de todo es darme cuenta de que realmente, no hemos aprendido nada.

Replica a Floricienta Cancelar la respuesta