El avestruz de mi habitación

Cada noche viene a verme.
Entra lenta y sigilosa,
ella piensa que duermo cuando me visita
pero no es así.

Me recuerda la fragilidad de las estrellas
que aún cansadas, alumbran mi ventana,
calentando las puntas de las sábanas
que acarician mis pies fríos.

Así, me siento menos sola.

Sus plumas acarician mi nariz
que aún puede olerte, aunque ya no estés aquí.

Entrometes tu áspera piel
en la intimidad de mi colchón.
Y como si de un juego se tratase
usmeas en la última página de mi diario.
(por si he escrito algo nuevo)

Pero siento decirte, que aún sigue en blanco.

Le encanta oler mis cosas,
recordarme que aún mi alma llora,
en silencio,
pero llora.

Es divertida cuando quiere
y realmente inoportuna
en ocasiones breves.

Recorre palmo a palmo mi pequeña habitación.
Examina que mis cejas sigan en su sitio,
a tres centímetros de mis párpados
y a años luz de mi corazón.

Descubre mi pijama
(cuando llevo)

Y desvela mis sueños más profundos…

Suele acompañarme hasta que despierto
y cuando empiezo a abrir los ojos,
ella se va…

Igual que vino.

Airosa de sus triunfos
y verdades compartidas.

Víctima de su incomprensión irracional
y de la insesatez de creer,
que lo que le contaban de pequeña
podía llegar a ser un día: REAL.

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