Olvidaste la dulce brisa de las mañanas
y el café con leche antes de las seis.
Olvidaste las llaves del coche
en aquel tenue atardecer.
Las promesas,
los abrazos,
el jersey de punto
y el saber hacer.
Olvidaste recogerme
en la estación de tren.
Aún eran las cinco
cuando desperté.
Olvidaste las postales,
los «te quieros»
y el olor a miel.
Olvidaste mi nombre
y también el tuyo.
Olvidaste que aquí
se dice «papas»
y no patatas.
Olvidaste tus raíces,
el sonido de las olas
y el sabor del gofio.
Olvidaste que un amor
no se destruye al alba.
Ni quiera cuando todos duermen.
La prisa,
la desgana
y la contienda.
El volar desnudo de los pájaros
y el soplo de la muda.
La que nunca grita,
la que nunca habla.
Olvidaste las letras
de aquella partitura.
Olvidaste las cartas
que dibujabas en silencio.
(en nuestro silencio)
Olvidaste quién eras,
quién eres.
Y no seré yo quién te lo recuerde.


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