Empezamos siendo dos: tú y yo.
Dos extraños que se encontraron,
se miraron y se amaron.
Pasamos a ser tres: tú, yo y nosotros.
La ecuación perfecta entre mis labios y tus besos.
Belleza traviesa escondida entre el sentir añejo y el andar lento.
Besos expertos, intensos y sencillos,
que hacían que mi alma volara a un lugar que solo yo inventé.
Noches en vela.
Conversaciones infinitas que hacían del reloj
una burla prematura de deseo.
Amaneceres incontables bajo aquel sol
que nos daba los buenos días con la mejor de sus sonrisas.
Empezamos siendo dos: tú y yo.
Dos locos de corazón azafrán,
que entendieron que la vida era para vivirla juntos.
El cielo de estrellas más bonito que ella vio jamás.
Le recordaba a su abuelo.
Alguna de aquellas esmeraldas tenía que ser él. Seguro.
Enamorado de su eterna sonrisa,
sucumbió ante su encanto fresco, sincero y melancólico.
Se amaron en las montañas,
en pocas,
pero en montañas al fin y al cabo.
Dos de azúcar moreno para el café,
pero solo cuando era con leche de almendras.
Sus pupilas nunca amaron como a aquel Mayo,
sus dedos nunca apretaron con tanta fuerza el sucumbir impertérrito de aquellos versos
que dibujaron en tinta permanente la promesa de que siempre, iban a estar juntos.
Muchos días de aventuras,
de viajes inesperados,
de una vuelta al mundo a medias
y de amigos encontrados.
Hilaridad y risas.
La máxima potencia de un amor que desplomó el viento de un plumazo.
Sin más.
Sin menos argumento que un pretexto definido como un mal querer.
Mí sin ti.
Tú sin mí.
¿Y ahora?
Empezamos siendo dos: tú y yo.
Y terminamos siendo tres: tú, yo y ella.
Tu ausencia.

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