Aquí nadie vive.
Todos sobrevivimos a nuestra propia vida.
Para lo bueno y para lo malo somos víctimas de nuestras decisiones y por no elegir no elegimos ni nuestro nombre. Hacemos peripecias para sobrevivir a lo que un día dijimos sí y hoy nos da la espalda en un indecoros no. Y en ocasiones en un no sé que divide nuestra paciencia en una incertidumbre que nos convierte en marionetas sin verbo.
Nos dicen que vivamos. Que luchemos por nuestros sueños y que lo mejor está por llegar. ¿Y si no es así? ¿Y si lo mejor llegó y no supimos verlo? ¿Y si ese lo mejor fuiste tú? ¿Y si ese lo mejor fui yo para ti? ¿Por qué aquí no hay espacio para el error? ¿Por qué nos hacen creer que existe un Dios divino llamado destino que pone a cada uno en su sitio? A lo mejor es todo mentira. Como mentira es cuando me decías que me ibas a querer toda la vida.
Aquí nadie vive.
Sobrevivimos en intentos torpes una vida que en muchas ocasiones detestamos.
Nos frustran, nos aturden, nos someten a una perfección que si no la rozas tienes muchas papeletas para que la depresión, se convierta en tu mejor amiga. ¿Y que hay de lo que tú quieres? ¿Qué hay de eso por lo que nadie aplaude, ni de lo que nadie habla? No siempre lo bonito es lo mejor. A veces en el dolor más extenuante está la clave. Esa respuesta que sin descanso buscamos y si no la encontramos la inventamos. A veces hace tanto ruido que retumba en eco dentro de nuestra alma. Dentro de nuestra alma. Dentro de nuestra alma…(Ya sabes, lo del eco).
Y así nos va. Así decimos que vivimos cuando aquí nadie vive. Ni siquiera tú, que crees tener el control de todo y de todos.
La vida no es más que una supervivencia continua. Buscamos como locos soluciones aún sabiendo que lo que hacemos no es lo correcto. Nos importa más sobrevivir que vivir. ¡Qué estúpidos somos! Como aquello de: «Cada uno tiene la vida que quiere y merece». Dile tú eso a un niño que se está muriendo de hambre, a ver si tienes cojones. O corazón.
Buscamos desesperados herramientas, trucos (casi propios de un mago) que nos ayuden o que nos convenzan de que esto nos tuvo que pasar porque todo, absolutamente todo, pasa por algo. Y nos consolamos egoístamente cuando escuchamos a alguien que ha pasado lo mismo que tú. O lo que es peor. Nos consolamos cuando sabemos que otra persona está peor que tú. Peor que yo.
Somos zombies que sobreviven en un mundo donde decir Te Quiero es casi delito. Somos muertos vivientes que sobreviven ante cientos de adversidades dejando pasar lo válido. Lo único que vale la pena. Eso que ni tú ni yo aún sabemos. Pero es ahí querido compañero de viaje donde reside la magia de las pequeñas cosas. Ese silencio que ensordece los sentidos más pequeños de quienes no quieren ver. O de quienes simplemente están tan ensimismados buscando el fallo del prójimo, que lo sujetan como exculpación de los huecos vacíos de su historia. De los huecos vacíos de sus sentidas y escondidas miserables vidas.
Y cuando la música deja de tocar, cuando aceptamos que nadie nos ve y cuando el reflejo del espejo es nuestra única compañía, nos armamos de valor. Dejamos que todas nuestras penas salgan danzando en forma de lágrimas a través de nuestras medrosas pestañas. Les permitimos que acaricien nuestras mejillas y nos consolamos en un vago intento de encontrarnos.
Fingimos que todo va bien.
Y fingimos que no nos echamos de menos.
Exponemos una vida maravillosa y solo enseñamos nuestras mejores galas. Y nuestras mejores fotos. No nos permitimos el lujo de mostrar nuestras debilidades. No vaya a ser que eso haga más fuerte al de al lado. Y no podemos alegrarnos por el éxito de otra persona sin sentir esa punzada de desgracia en el estómago por no ser nosotros el protagonista de esta historia.
Queremos de manera hueca, usando promesas de Neruda en repetidas relaciones que hoy ya suenan manías. Señalamos al bueno y abrigamos al malo idolatrando un amor que casi roza lo enfermizo.
Los buenos no siempre ganan.
Eso es mentira.
Como mentira es que vivimos, cuando realmente lo que hacemos es un intento de supervivencia.
Refugiamos nuestro dolor en canciones de otros y murmuramos en voz bajita un lo siento que en la mayoría de los casos llega tarde. Tremendamente tarde. Habrá que pedirle un nuevo reloj a los Reyes Magos. O ya que estamos, al Ratoncito Pérez.
Somos el amor de la vida de tantas personas pero seguimos sin entender por qué la mayoría de las noches dormimos solos. Somos tercos, estúpidos que creen que esto va a ser eterno hasta que un día el cáncer toca a tu puerta. Entonces todos quieren. Entonces todos te muestran su cara más amable. Esa que siempre buscaste en todas las fiestas y nadie fue capaz de darte sin tres copas de más.
Si Cenicienta levantara la cabeza se le caería la corona de pena. Y de vergüenza. Y es que por mucho que lo intentes, ya no habrá forma de convencer al mundo, ni siquiera al tiempo, de que esto que tú llamas amor, es amor.
Somos auténticos supervivientes de una vida puta. Tremendamente puta. Y solo los más ávidos, lo más listos y los valientes sabrán hacer de su supervivencia una vida más o menos digna.
Mientras tanto sobrevivo y vivo. Llevando a cuestas un equipaje que cada vez pesa menos.
Y hacerlo sin ti resulta aún más difícil.

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