El diario de Lola

7:00 a.m Como cada mañana, Fernando posa sus fríos pies en el suelo buscando el calor de sus zapatillas de andar por casa. Los remolones dedos aún dormidos, juguetean con la suavidad de las puntas, ha llegado un nuevo día. Se dirige al cuarto de baño mientras piensa “Quizás hoy sea diferente. Quizás hoy será el gran día”. Se lava la cara con empeño, intentando no dejar resto de ninguna fea legaña, se afeita, se ducha, siempre el mismo ritual. Coge su mejor traje (hoy es miércoles, piensa), ese azul marino que Lola que le regaló por su 20º aniversario, camisa celeste, corbata azul metal. Quiere estar perfecto para ella, sólo para ella. Desayuna algo, se pone su perfume de Gucci y se dirige al garaje a por su coche. “Quizás hoy sea diferente. Quizás hoy será el gran día”

7:30 a.m Las calles aún lucen frías, aunque para lo temprano que es mucha gente se dispone a trabajar. Atascos interminables en la M-30, ruidos intermitentes de pitas que no paran de protestar. Una bella joven tranquila de no llegar tarde a ningún sitio, nadie la espera, de hecho está llegando a esta hora a casa mientras otro hombre de mayor edad y arrugas de experiencia, maldice al de alante por esa maniobra que casi le cuesta un buen susto y un parte de seguros. Los pájaros comienzan a cantar, intentando dar los buenos días a un mundo sordo, a un mundo ciego que no ve más allá.

8:00 a.m Lucía da los últimas caladas a su cigarrillo light, antes de ponerse a trabajar. Ahí está, puntual como siempre, una mujer de bandera, bella, solidaria, con una sonrisa siempre puesta en el rostro aunque su alma esté apagada, dispuesta a ayudar a los demás, con energía, positivismo, paciencia…Se ha convertido en la mejor amiga de Lola en estos últimos diez años. Su mejor confidente, amiga, compañera. Pasan muchas horas al día juntas y eso, crea un vínculo muy fuerte, más allá de la amistad, más allá del amor.

-“¡Buenos días princesa!”- Saluda Lucía a Lola- “¿Cómo estamos hoy?” .
Lola remolona, hace un gesto débil con los párpados, como signo de aprobación y de escucha. Está demasiado dormida como para contestar.
Lola, a quién parece no pasarle los años, siempre impasible, serena, con un gesto inconfundible. Porque a pesar de dónde está, siempre tiene en su piel, una halo de esperanza dibujado.

-“¿Sabes Lola?”- Pregunta Lucía- Anoche Juan me llamó. Increíblemente me pidió disculpas por todo, si si, por todo. ¡Estos hombres!. Al final va a ser cierto eso de que, no pueden vivir sin nosotras. En fín, hoy quedaré con él para comer ¿si?, ya te contaré a la noche, en la cena. “¡Deseáme suerte!”- espetó. Y con una gran sonrisa, abandonó el cuarto dónde estaban las dos, sin darle tiempo a Lola a que dijera nada. Aunque eso, era casi imposible.

8:15 a.m Puntual como un reloj, con un bello ramo de flores amarillas, Fernando se plantó frente a la habitación. Frente a tal odiado pero esperanzador cartel “Habt 301”. Dió un fuerte suspiro y entró.
“¿Cómo está esta mañana la mujer, esposa y amante más hermosa del mundo?”- preguntó él entusiasmado- Por lo que veo, genial ¿eh?.
Rodeó la habitación, acomodó algunos cojines que yacían esparcidos por el sillón, metió en el pequeño armario de metal gris unas botellitas de agua mineral que había traído para la semana, el marca, algunas revistas y mudas de ropa.
-“Tengo una buena noticia que darte”- dijo él. “Esta semana, la he pedido libre para los dos”- sonríe y enciende el televisor. “Genial, están dando las noticias” y se sumerge en ellas.

A su lado Lola, serena, tranquila, en coma. Y es que desde hace diez años, tras un fatídico accidente de tráfico, dónde Fernando corría más de lo debido pasó. Él tuvo algunas contracturas y huesos rotos pero nada que ver con la complejidad del estado de su mujer. Desde ese entonces, sus vidas se rompieron, Lola cayó en un estado profundo de sueño del que jamás volvió a despertar. Aún así, Fernando tiene fé y todos los días ha seguido yendo a verla, a seguido yendo a intentar despertarla. Pero ni sus besos, ni sus caricias ni sus lágrimas ya pasadas, han surtido efecto. Sólo queda esperar, compartir con ella el día a día y hacer que la fuerza de su compañía, le devuelvan a su esposa, le devuelvan a su Lola.

Pero quizás, lo que ni Lucía su enfermera y gran amiga sabe, ni su esposo incondicional Fernando es que Lola, no quiere despertarse. Lleva dormida diez años, en un lugar maravilloso. Un lugar dónde no hay guerras ni batallas que librar, no hay niños muriéndose de hambre, no hay maltratos de ningún tipo, no hay gente alboratada, rabiosa, fuirosa…No existen las cárceles, las multas, los jueces. Las puertas no tienen cerraduras, ni si quiera hay puertas para entrar y salir de un lugar. No hay policías, ni políticos, no hay murallas ni banderas. No existen religiones, normas, leyes. No existe la moda, ni las joyas, ni el dinero…La gente va desnuda, libre. La gente sonríe, es feliz, no llora, no sufre.

Y Lola prefiere quedarse en ese mundo de por vida, porque aunque sea sólo en su imaginación, ella es feliz ahí. Y espera, impasible a la llegada de los suyos. No tiene miedo, está tranquila. Lola ha decidido permanecer ahí, en ese maravilloso lugar.

Abrir ahora los ojos, sería demasiado doloroso para su alma.

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