
En un afán por encontrarme crucé los dedos.
Desdibujé mariposas de papel y le confesé tu nombre al viento.
Alcancé la suave línea de la cima y cuando estuve arriba, lloré.
Lloré como una niña.
Habité cientos de sábanas sin nombre,
y jugué al despiste con la luna.
Me até los cordones y caminé descalza hasta quedarme sin aliento.
Taché los lunes del calendario,
los hice viernes traviesos,
escuché el ruido del silencio,
y no vi nada. Lo vi todo.
Me criticaron,
me juzgaron.
Me volvieron a criticar,
y me volvieron a juzgar.
¿Y qué más da si ya es septiembre?
¿Y qué más da si los tigres de ahí fuera son de cartón?
Jugando con la destreza de tus miedos,
mitigué en desdén el humo de aquel cigarrillo.
Sonreí sin ganas al verano,
y alcé mis alas heridas al confín.
Volé hasta que el aire se hizo hielo.
Sus extenuantes caricias me partieron en dos.
Desperfilé mis pupilas en cuatro laberintos,
dimanando en salida la fragancia de su sombra.
Soplé las velas de una tarta llena de gratitud,
me disfracé de pausa,
de galantería,
y de avidez.
Escribí tres deseos en papiro y los tiré al mar.
Hoy las olas me cuentan que uno se cumplió,
otro baila indolente,
y el tercero navega hacia ti.
Corrí con mucha prisa llena de dolores.
Hasta que entendí que en la quietud,
es cuando más se avanza.
¿Y qué más da si ya es septiembre?
…

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