Hola. Aquí estás.
Y yo que no quería que vinieras. Aún no. Aún es demasiado pronto para soportar el peso de tus días. Y su ausencia. Ahora, ahora que empezaba a ser feliz, y resulta que las luces de aquel árbol se apagaron. No tuve ni tiempo de colgar la estrella en lo más alto.
Las calles se visten de navidad y tú no estás.
La gente luce más guapa, más bonita, y yo más fea.
Tu aire huele a frío, a nostalgia, a mariposas en los tobillos.
Huele a echar de menos a los que se fueron,
huele a turrón caducado y a la única ilusión de que cuando abra los regalos, estés tú dentro.
¡Maldita sea! Cuantos recuerdos nos trae diciembre, cuantas cosas pendientes por hacer, cuantos te quieros al viento y cuantas promesas que se clavan en mi memoria. Toca hacer balance de un año que termina en cuestión de un mes. En un año que se lleva una parte de nosotros para siempre. Un año que con sus más y con sus menos, ha sido difícil. El 2015 será mejor ¡Lo sé! (Lo mismo dijimos del 2014).
Toca aceptar que ya no estás.
Que tu belleza traviesa bailó con mi honestidad,
y que hoy, hasta un estúpido villancico me parece la canción más bonita del mundo.
Diciembre me pone triste.
Me recuerda que aunque lo importante de estas fechas es la familia, hoy serán las primeras navidades en las que ya no estés. Las primeras navidades donde no te vea presidir la mesa, ni comer con prisas. No vaya a ser que se acabe. Posiblemente sean las navidades más tristes de mi vida por muchos motivos. Por motivos que a nadie le importan. Y por motivos que le dolerán a quién le tengan que doler.
Todos los meses del año deberían llamarse diciembre. Y solo porque: diciembre nos hace honestos, nos hace que bajemos la guardia y seamos un poquito más «buenos». Diciembre nos ablanda el corazón, nos previene de un año que termina y una nueva etapa que comienza. Nos anima a dejar de fumar, a hacer deporte, las matrículas del los gimnasios se disparan y dibuja sonrisas en esas bocas, que resultaron servir para algo más que para quejarse. En diciembre se multiplican los abrazos, cesan las bocinas de los coches y la gente se viste de amable. Nos reunimos con amigos que no hemos visto durante todo el año, nos contamos entre vinos nuestras miserias y alegrías, hacemos las paces con nuestro hermano, nuestra madre o nuestro amigo. Tenemos más ganas de amar, de ser mejores y por una vez al año, nos gana la nostalgia. Regalamos sin venir a cuento, nos volvemos locos deseando un buen año y predicando la paz a personas con las que no hemos mediado palabra desde diciembre. Diciembre del año pasado. Nos ponemos ropa roja, comemos polvorones y nos apresuramos a comprar las uvas de la suerte. Una fruta que no volveremos a probar los siguientes 364 días. En el 365 volverás a comerlas. Diciembre saca lo mejor de nosotros, al menos lo intenta, y lo consigue en muchas personas. Por eso digo que, todos los meses del año deberían llamarse diciembre.
Diciembre me recuerda que ya no estás, y que aunque no te vea a mi lado vestido de Papá Noel o Rey Mago, yo siempre estaré pensando en ti. En todos y en cada uno de los diciembres del año. Y en todos y en cada uno de los diciembres, que me queden por vivir.

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