Le prometí una sonrisa a tu partida,
pero lo cierto es que aún las lágrimas me invaden cuando pienso en ti.
Sé que te dije que me cuidaría,
que atraparía las fuerzas del viento para seguir hacia delante
pero lo cierto es que hay días en los que respirar, resulta imposible.
Aún recuerdo tu risa, el tacto de tu suave mano sobre mis mejillas
y esos ojos vacíos que me dijeron adiós sin despedirse.
¿Dónde estás?
Vacilaste con ella, te enfrentaste como un auténtico guerrero experto
pero la muy puta ganó la batalla.
Amenizaste mis primaveras,
me enseñaste tanto sin saberlo
y conocí de ti el amor más bonito del mundo.
Hace casi un año que te fuiste
y yo aún te echo de menos.
Cierro los ojos y te huelo,
y te siento a mi lado cuando tengo frío.
Hay días en los que espero encontrarte
y olvido que cuando entre por esa puerta,
lo más parecido a verte será verte en ella.
En la mujer que hoy con el mayor aplomo posible, vive en tu ausencia.
Si a mí me duele, no quiero imaginar a ella.
Y qué me queda ahora que no estás.
Qué hago sin nuestras primaveras,
sin nuestros viajes interminables en tu vetusto kadett,
sin el calor de esos brazos que aún débiles, mitigaban en mí la poca fuerza que tenías.
Y qué me queda ahora sin esa mesa que presidías en la Avenida de Gáldar.
…
Me queda tu recuerdo,
tu nombre y apellido.
Me queda esa parte de mí que se fue contigo.
Me queda la pena de que no le conocieras,
y el sabor amargo de aquel maldito febrero.
Me queda la niña y la ya mujer,
las naranjas y el pan doblado con mantequilla.
Me queda tu amor,
tus isas canarias y los chistes que repetías contándolos como la primera vez.
Me queda mirar al cielo y encontrarte entre las nubes.
Me queda respirar y cerrar los ojos a ver si en un descuido,
te conceden el permiso de vuelta: aunque sea por un ratito.
Me queda estar contigo por siempre,
y retenerte en mi memoria hasta que se apague la luz.
Hasta que apaguen mi luz.

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