Seguramente esperabas que celebrara este día rodeada de rosas, de corazones y de promesas escritas en papel mojado.
Lo cierto es que molesta que te digan cuándo tienes que querer y que te hagan sentir una mala pareja si no regalas algo el 14 de febrero. Nos preguntamos «¿Y el resto del año?» El resto del año también se quiere, el resto del año también enamora y esa opresión forzada en un día impuesto no hace más que ridiculizar la intención de amar y ser amados. ¿El amor se regala? ¿El amor es un ramo de flores y una caja de bombones? El amor es el día a día, es el saber estar y ser lo que se quiere ser. El amor es el respeto, la confianza y la dualidad expuesta a una supremacía sana, coherente y despeinada. El amor no se envuelve con un lacito rojo y aunque mentiría si dijese que no me enamoran los detalles de chocolate…valoro, aplaudo y secundo, los detalles que no se derriten. Los detalles auténticos y de verdad.
El enamoramiento es la fase más peligrosa de una relación de pareja porque el enamoramiento engaña, atonta, nos hace estar en una estúpida nube y nos hace querer al otro con los ojos cerrados. Es una etapa fascinante donde todo lo que siempre quisiste toma forma en otra persona: tus gustos, lo que deseabas sentir, oler, vivir. Tu imaginación nunca fue tan creativa como en este estado pletórico de amor exponencial. Todo tu mundo es maravilloso. Y deja de serlo cuando el enamoramiento se va y la realidad llama a tu puerta. Aunque más bien entra sin pedir permiso.
«¿Y tú quién eres?«, «No te conozco» ¡Claro que no me conoces! ¡Claro que no le conoces! En absoluto. Cuando al fin bajas de esa nube que creías como la corteza de pan Bimbo que lo aguanta todo, posas tus pies en una tierra que quizás ya no te gusta tanto. Pero ahí, ahí es cuando para mí empieza lo mejor de una relación de amor de pareja. Ahí es cuando empiezas a conocerle, a descubrir sus otras caras (quien diga que solo tiene una miente). Ahí es cuando toda esa artillería pesada que al principio lanzó contra ti, a modo de corazones y poemas infinitos, dejan de tener relevancia y el desnudo es la única arma de defensa, de exposición y de amor. El desnudo del alma. Ahí es cuando descubres las miserias del otro, sus complejos, sus virtudes, sus miedos, sus «no sé qué es» que le hacen terriblemente sexy y terriblemente especial. Ahí es cuando comienzas a ver a la otra persona a través de unos ojos que despegan sus párpados de un dormir profundo para adentrarse a una verdad que hará de una vida, el resto de la tuya. Ahí es cuando decides seguir a su lado o no. Ahí es cuando decides respetar a la otra persona tal y como es, sin intención ninguna de cambiarle (ni siquiera de peinado), respetando su integridad física y emocional en un contar infinito de estrellas y mariposas, respetando su espacio, sus ideas, su modo de vivir y su modo de querer y quererte. Ahí es cuando decides si ser o no parte de su vida. ¿Para siempre? Quizás eso sea demasiado. Pero podría ser en un ahora que dure toda la vida.
Entonces ahí es cuando AMAS a la otra persona y dejas de estar enamorado. Estar enamorado es un estado de ficción que disfraza una realidad que puede hacer (en muchas casos) que tus ganas de que sea cierto, imperen sobre la verdadera impronta de un susurro de febrero que te dice que hoy es tu día, que te dice que hoy, es el día de los enamorados.
Vivan los amantes de cosas imposibles, de personas reales, imperfectas y defectuosas.
Vivan los amantes de la vida, los que se caen cien veces y se levantan ciento una.
Vivan los amantes sanos y los que celebran su amor en cada instante verdadero de un latir que nunca se equivoca.
No estoy enamorada de ti.
Pero espero que te valga que te ame.


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