Te quiero y ni siquiera te conozco. O quizás ya sí.
Te llevo esperando desde que supe que quería encontrarte y de eso hace ya tanto tiempo que no recuerdo cuando fue la primera vez que te pensé. Que te imaginé dibujando corazones en las nubes, llevándome de la mano a los rincones más bonitos de este mundo y besándome como si no hubiese mañana en un deleite constante de promesas sin versos, de promesas sin verbos. De promesas sin más pretextos que hechos hechos realidad.
Te quiero y ni siquiera sé tu nombre. O quizás ya sí.
Creí encontrarte tantas veces ya. ¿Por qué? ¿Qué más tengo que aprender? ¿Cuánto tiempo más he de esperar? No pido más que encontrarte, que poder quererte y dejar de estar con las personas equivocadas. Porque ahora en este preciso instante ¡estás con la persona equivocada! Hasta que decidas ser valiente, dejarla y cruzarte en mi camino. O hasta que ella te deje a ti y cuando el tiempo se siente a tu lado a tomar café, seas capaz de darte cuenta de lo muy equivocado que estabas. Y así es. Así divagamos dando lo mejor de nosotros a personas que creemos ser ellas y cuando todo acaba y la música deja de sonar se nos llena el estómago de acordes vacíos y tan miserables que nos da vértigo volver a asomar la punta de la nariz al mundo.
Te quiero y ni siquiera sé qué cómo eres. O quizás ya sí.
Agoté mis citas perfectas, regalé mis canciones favoritas a personas que ni siquiera la llegaron a escuchar ni una sola vez y regalé los mejores años de mi vida a personas que hicieron de mi bondad un eco que aún retumba en aquellas montañas donde lo vi por primera vez. En aquellas montañas que aún me esperan para que le diga adiós. Amé, quise, desdibujé partituras que hicieron trizas mis pestañas y corrí tan rápido en tu búsqueda que aún sigo sin saber cuál es la dirección de tu casa. Quizás no existas, o quizás ya sí. Yo solo sé que te quiero. Que te quiero desde que nací.
Te quiero y ni siquiera sé a qué saben tus besos. O quizás ya sí.
Debes de saber y tener muy presente que en lo que Cupido se entretiene en sus clases de puntería y tú decides aparecer yo mientras tanto…

Seguiré besando sapos, seguiré queriéndote en otros nombres, en otros ojos y en otras pieles. Lo siento pero es así.
Seguiré creyendo haberte encontrado en él y cuando dejemos de ser y parecer, volveré a recomponer mi corazón y vuelta a empezar, a la magia de las primeras veces y a esas cosquillitas que te recuerdan que aún eres capaz de amar.
Seguiré inventando nuevas canciones, seguiré descubriendo nuevos rincones a los que te llevaré conmigo, apuntaré en mi agenda nuevos viajes, nuevos destinos y restaurantes y seguiré inventando nuevas citas y nuevas promesas sin que suenen repetidas.

Muchas veces pienso que ya aprendí lo que tenía que aprender. Que ya lloré lo que tenía que llorar y que ya me sentí lo suficientemente desgraciada como para dar la vuelta al mundo sin más argumento que preguntas que todavía insisten en mi cabeza y nadie ha sido capaz de responder.
Así que mientras tanto no me quedará otra que esperarte. Mientras tanto seguiré creyéndote real y me secaré las lágrimas las veces que haga falta. Seguiré viviendo en mi vestido impávido y seguiré caminando sobre mi osados pies descalzos. Porque creo en mí, creo en ti y creo en un nosotros.
Y cuando llegues, cuando te encuentre, cuando al fin el destino de tregua a estas idas y venidas de personas, entonces podré sentarme a tu lado y susurrarte al oído: «¿Por qué coño has tardado tanto»?

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