
Con el tiempo aprendes. O eso dicen. Porque a veces, hay días en los que sientes que no has aprendido absolutamente nada. Distraes tu rutina en versos y en un libro donde las páginas juegan a su antojo. Suerte que aunque hayan cosas que no se puedan borrar, se pueden mejorar y lo mejor de todo, puedes hacer que desaparezcan de tu vida para siempre. Eso si, solo si tú quieres.
De lo poco que sé de la vida (de esta al menos) es que hagas lo que hagas, digas lo que digas y seas como seas, siempre habrá gente que intente hacerte sentir mal. Que intente convencerte de que tú estás equivocado y que el loquero sería el mejor refugio hecho cárcel para los días que te quedan por vivir. Qué peligroso es un comentario, un insulto, una acusación o un gesto por muy pequeño que parezca. No todo el mundo tiene la capacidad de hacer como si nada, de seguir sus pasos sin mirar atrás o al menos si no lo hace, no torturarse por ello. En el aprendizaje hayamos nuestros defectos, detectamos esos errores que no nos hacen bien y que sin darnos cuenta, lastiman a los que nos rodean. Si tienes dos dedos de frente, o veinte, harás todo lo posible para mejorarlo. Pero no cantes victoria. Por mucho que hagas las cosas de corazón, por mucho que te esfuerces en ir de puntillas, sin molestar a nadie ni a nada, siempre habrá alguien al acecho que te señale, que boicotee tu presencia y que intente convencer al resto, de que tú, no eres realmente así. Porque si compartes tu felicidad, eres un egocéntrico y las voces malignas cuchichean que realmente estás más perdido que Wally y eres un infeliz. Si no compartes nada, es porque algo ocultas y no eres trigo limpio. Si presumes de tener en tu vida a muchas personas que te quieren y te lo demuestran en el día a día, critican que realmente estás más solo que la una y que es imposible tener tantos amigos. Y cuando no tienes muchos es porque te lo mereces, porque recoges lo que has sembrado y entonces es cuando el karma viste con su mejor traje riéndose entre dientes de algodón. Si escribes, porque escribes para llamar la atención y para que tu ego suba ese día como la bolsa. Y no me refiero a la del mercadona. Si te haces una foto y la compartes, es porque eres un vanidoso egocéntrico y si solo subes fotos de paisajes es porque seguro, eres feo y un zampa bollos. Si eres buena persona, no lo puedes ser tanto. Algo escondes, algo te falta. No te preocupes que si tú aún no lo sabes, ya los expertos morales te enviarán un informe detallado de su diagnóstico clínico. Pero eso sí. No esperes que lo hagan de frente. Te irán dejando miguitas de pan. Y ya si quieres y ese día tienes hambre, te las comerás. Si no, piensa que siempre habrá un estupendo restaurante a la vuelta de la esquina donde el menú es más barato, más rico y más sano.
Porque hoy en día ser auténtico te va a salir caro. Realmente caro. La gente confundirá siempre ese término con creerte un ser perfecto. Con hacerte creer que tu verdad es absoluta y que tú nunca te equivocas. Te harán llorar, te harán sufrir y te sacarán lo peor de ti. Pero te aseguro que ese sentimiento es pasajero. Que todo eso te hará increíblemente fuerte. Que el dolor de estómago desaparecerá, y cuando te creas que tú realmente no eres como ellos se empeñan en hacerte creer, entonces, es cuando serás capaz de seguir tu camino saltando esas piedras que con el paso del tiempo, no será más que arena. Ten claro que si dices lo que sientes, malo. Tanto que defienden en este país la libertad de expresión. ¡Me cago yo en la libertad de expresión! Qué hipócritas podemos llegar a ser y qué poco nos gusta cuando decimos en alto lo que pensamos. Lo que todos pensamos y nadie se atreve a decir. Claro, olvidaba que se premia muchas veces más el silencio de lo verdadero que el grito de lo auténtico. No olvides que no todo el mundo aplaudirá tu sinceridad y serán muchos los que en un acto diabólico, te harán sentir la peor persona del mundo por simplemente decir lo que te hace sentir bien, lo que te hace sentir mal o lo que opinas de un peinado. Puedes optar por ser mediocre. Por dañar gratuitamente al de al lado y por seguir al rebaño al unísono de un balido tremendamente típico. Tremendamente aburrido.
Y ya si encima te dedicas a correr prepárate. Se empeñarán en decir que huyes de tu vacía vida. Que corres para disfrazar tu patética vida llena de mentiras, de soledad y de una apariencia que ni tú mismo te crees. Que ya podrías predicar con tu ejemplo cuando escribes de amor o lo que humildemente crees de la vida, de tus experiencias o de lo que te cuentan las nubes en silencio. Pero no, no te esfuerces. Ellos no verán eso nunca. Jamás lo admitirán porque sería renunciar a esa guerra que te declararon desde el momento que tu luz, cegó para siempre sus ojos. Si tienes éxito se esmerarán en decir que solo vives para por los «me gusta» de los demás. Mira que se aburren. Recuerda que a lo largo de la historia mataron a muchos genios. Los torturaron, los quemaron, los encerraron y les cosieron los labios para siempre. Recuerda que los más grandes se han caído más veces que cualquier otro, que los sabios se equivocaron mil veces antes de dar con la fórmula perfecta y que los valientes están hechos de otra pasta. De otra alma. De otro corazón.
Y qué curioso que cuánto más te odian, más se quieren entre ellos. Y lo que más critican de ti es justamente lo que ellos hacen. ¡De locos! Al final iban a tener razón en eso del loquero.
Así que mira. Que digan lo que quieran ¿no? Que hablen, que se rían, que critiquen, que te maldigan y te hagan mil hechizos hasta dejarte sin pelo. ¿Qué más da? Con lo que no podrán jamás es con acabar con tus ganas. Con las ganas de seguir intentándolo, con las ganas de seguir creyendo que es posible, y con las ganas de seguir siendo nosotros mismos siempre. Mis ganas son infinitas. Me sobran los intentos y las ganas de seguir creyendo. Las ganas de seguir amando esta vida injusta que si quieres, es increíblemente maravillosa. Por su sol, por su estrellas y por su gente.
Y que más da lo que piensen los demás.

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