El sol luce más bonito y el pelo se me cae menos.
Desde que te fuiste mis mañanas son más divertidas. El café juega con el zumo de naranja a ser la tostada perfecta hecha mermelada. Las sábanas descansan tranquilas sobre mi piel y el mal humor de tus pestañas ha desaparecido. Desde que te fuiste sonrío más, corro más y lloro menos. Cuento chistes, doy abrazos sin miedo y canto bajo la ducha. Me pinto las uñas de colores y dibujo un beso de algodón en cada playa, en cada lunes y en cada sonrisa. Sin importarme quién los coja. Al fin y al cabo, solo son besos.
Aprendí a escribir sin miedo mi decisión de dejarte atrás. La convicción de mis manos cuando soltaron las tuyas. Acuérdate de que te las sujeté mil veces pero siempre resbalaron demasiado. Mi buen hacer se hizo añicos y la luz de mi alma destrenzó en cartón, aquellas promesas que solo me decías bajo la almohada. Me cansé del vino, de tus estúpidas amigas y del risoto. Me acostumbré al silencio, a tu no saber estar y a esos te quieros vacíos. Increíblemente vacíos.
Y es que desde que te fuiste volví a ser yo. Volví a recuperar mi esencia, mis ganas y mi libertad. Tengo amigas más auténticas, más de verdad. Amigas al fin y al cabo. Aprecio cada día como lo que son. Nuevas oportunidades, nuevas formas de hacerlo mejor y nuevas ganas que se empujan unas a otras para ser las primeras en salir. Desde que te fuiste…te amé en silencio para siempre.
Desde que te fuiste sentiste el peso de mi ausencia, recordaste mis cumpleaños y entendiste que a las mujeres se les quiere hoy y no mañana. Te aprendiste de memoria mi canción favorita y te armaste de valor para tirar a la basura todo lo que una vez compartiste con ella. Y cuando quisiste hacerte con algo de lo mío, con algo de lo nuestro, te diste cuenta de que yo, fui más justa. No dejé ni rastro para las que quedan por venir.
Besé unos cuantos sapos más, hasta que llegó él. Ni príncipe, ni rey. Simplemente ÉL. Tenías razón cuando me decías eso de que nadie iba a quererme como lo hacías tú. Y menos mal.
Desde que te fuiste le pregunté al espejo tantas veces qué hice tan mal. En qué fallé. Qué se me escapó. Qué no supe entender. Y solo me devolvía el reflejo de unos ojos inmersos en llanto que poco a poco se fueron calmando, secando y volviendo a brillar. Entonces entendí que no tenía que entender nada. Y entonces fue, cuando lo aprendí todo.

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